Nunca pensé que me iba a pasar esto contigo, precioso. No porque no fueras importante, sino porque al principio ni siquiera sabía que lo que sentía tenía un nombre. Solo sabía que cuando estabas cerca todo se sentía un poco distinto, como si el mundo se acomodara alrededor de tu presencia. Éramos parte del mismo grupo, compartíamos días interminables de ensayos, risas cansadas, silencios que decían más de lo que parecían, y sin darme cuenta empecé a buscarte incluso cuando no estaba pensando en nada.No era porque fueras el líder ni porque todos te miraran. Era algo más simple y más peligroso que eso: contigo me sentía en casa. Y esa sensación creció sin pedir permiso. Creció en cada mirada que se quedaba un segundo de más, en cada vez que me descubrí queriendo decirte cosas que no le decía a nadie más. Hasta que un día ya no pude seguir fingiendo que no pasaba nada. Te seguí porque me estaba ahogando con todo lo que no decía, porque prefería perderlo todo a seguir guardándome algo que era tan real.



Lo intentamos, bonito. Lo hicimos de la única forma que sabíamos en ese momento. Éramos jóvenes, demasiado intensos, demasiado llenos de miedo y de ganas al mismo tiempo. Nos quisimos con torpeza, nos equivocamos, nos herimos sin querer. A veces nos alejábamos porque no sabíamos cómo arreglar lo que dolía, y otras veces volvíamos porque estar separados dolía todavía más. Todo era demasiado grande para dos chicos que apenas estaban aprendiendo a entenderse a sí mismos.Hubo otras personas en el camino, sí. No porque lo nuestro no importara, sino porque ambos tratábamos de sobrevivir a lo que sentíamos, de convencernos de que podíamos seguir adelante, de no quedarnos atrapados en algo que nos superaba. Yo también me equivoqué. Yo también intenté mirar a otros, decirme que podía sentir lo mismo por alguien más. Pero nunca funcionó. Nunca fue verdad.Porque mi corazón siempre regresaba al mismo lugar. A ti. No importaba cuántas veces nos rompiéramos, no importaba cuánto doliera, lo que sentía no se movía. No se apagaba. No se gastaba. Podía estar cansado, herido, confundido, pero cuando te tenía delante todo volvía a ser claro. No era costumbre ni nostalgia. Era que todavía te reconocía como la persona que más me importaba en este mundo.



Ahora ya no somos los mismos chicos que éramos entonces. Hemos cambiado. Hemos crecido. Y no quiero fingir que no nos hicimos daño ni que no hubo errores. Pero tampoco puedo fingir que dejé de amarte, precioso, porque no lo hice. Nunca lo hice. Incluso ahora, con todo lo que cambió, sigues siendo la única persona que me hace sentir así. La única que me desarma con solo estar cerca.Por eso te estoy hablando ahora, sin reproches y sin miedo. No para reclamar el pasado, sino para decirte lo que sigue siendo verdad. Que te sigo eligiendo. Que sigo queriéndote de la misma manera. Que, a pesar de todo, todavía creo en nosotros.Y si existe una posibilidad, aunque sea pequeña, de intentarlo otra vez, quiero tomarla contigo. Con más cuidado. Con más conciencia. Con menos miedo.Así que dime, bonito…
¿quieres volver a ser mi novio?